28 de junio de 2016

La solidaridad responde al terremoto

Publicado en el Diario La Rioja 27 de junio de 2016


A las 18.59 horas del pasado 16 de abril la tierra tembló durante 40 interminables segundos en Ecuador. El misionero alfareño Roque Grández trabajó durante cinco años en Portoviejo, una de las zonas más afectadas a pesar de estar a 180 kilómetros del epicentro. Desde hace tres años ejerce en la parroquia Madre del Buen Pastor de Playas, ciudad sureña de 30.000 habitantes, donde Roque también sintió el temblor. Y el dolor por la muerte y la destrucción.
Desde la primera llamada, el misionero encontró el apoyo de sus paisanos. La parroquia y la Asociación Alfajóresis, con el apoyo de otros colectivos alfareños, recaudaron 13.825 euros para colaborar con la necesidad en una tierra que acoge al misionero alfareño desde hace 36 años.
Tras viajes anteriores a Uruguay e India, cuatro miembros de Alfajóresis han permanecido del 8 al 19 de junio en la zona afectada compartiendo, junto a Grández, la experiencia misionera: María Jesús Elduayen, Mariano Cuartero, Elena Grández y el sacerdote Javier Marín.
Alfajóresis ya colaboró en el 2012 con Grández con 3.000 euros para desarrollar un centro de rehabilitación y acogida de transeúnte en Portoviejo. Esa ciudad fue el primer destino del grupo, el lunes 13 de junio. Por fortuna, el centro apenas sufrió daños por los diversos temblores. Pero encontraron una ciudad con un diámetro de 16x9 cuadras acordonado. De día demuelen por fases y desescombran; de noche, cien policías vigilan que nadie entre a la zona para evitar robos y peligros. Hasta el 7 de junio, su parroquia repartía 1.600 desayunos, comidas y cenas entre los afectados. Allí, los miembros de Alfajóresis entregaron al ecónomo de la comunidad de los capuchinos los 13.825 euros recaudados con la solidaridad de los alfareños. Los utilizarán para necesidades básicas, sobre todo comida y medicamentos.
Al día siguiente, llegaron a Pedernales, la zona más afectada, donde el 80% de las casas están hundidas o dañadas. «Intentan seguir viviendo, pero saben que van a tirar todos los edificios, con el impacto emocional que eso supone para la gente», describe Martín.
De la experiencia, se quedan con dos momentos para la reflexión: el ejemplo del grupo juvenil Juan XXIII, dedicado desde el primer momento al reparto de comida y medicamentos, a visitar poblados del interior donde apenas llega la ayuda, etc., así como la respuesta de tres niños a la pregunta sobre qué regalo querían: dos contestaron zapatos y otro, una mochila para poder ir al colegio.


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