9 de febrero de 2012

Un obispo, misionero y amigo

Publicado en la hoja diocesena Pueblo de Dios - 5 de febrero de 2011

El próximo día 6 nuestro querido Don Odorico cumplirá los cien años. Debo decir de entrada que en mis cuarenta y siete años de sacerdote he tenido la oportunidad – verdadera gracia de Dios – de enriquecerme con la compañía, el afecto, el buen ejemplo y la palabra de algunas personas que me han hecho mucho bien, hombres y mujeres, sacerdotes y laicos. Una de esas personas ha sido Don Odorico, como le hemos llamado cariñosamente.
Yo lo conocí y comencé a tratarlo una vez que se vino a nuestra diócesis, ya “jubilado” de su querido Vicariato Apostólico de Requena (Perú). Allí fue un obispo de hábito remangado, botas de agua, que usaba la barca como medio de trasporte para ir de un poblado a otro. El alto Amazonas fue su hábitat, con los inconvenientes del gran río, pero con el añadido – muy positivo – de ser un franciscano enamorado de su gente. ¡Con qué cariño me hablaba Don Odorico de los nativos, cómo lo acogían a él y a los sacerdotes, con qué buen ánimo esperaban su presencia, qué celebraciones de la Eucaristía!
Don Odorico ha sido un hombre absolutamente feliz. Se sintió siempre muy orgulloso de su origen burgalés, de sus padres y hermanos, a los que recordaba con afecto y agradecimiento. Recordaba con gran cariño sus años de estudiante, aquí en España y después en Perú. Ser franciscano y misionero era para él la razón de su vida, y a ello se entregó en cuerpo y alma, sobre todo en la formación de los futuros franciscanos que eran para él la niña de los ojos. Fascinado por Jesús, Camino, Verdad y Vida, dio lo mejor de sí mismo en la predicación de esa verdad.
Una vez en nuestra diócesis, cuántas veces fui a buscarlo a su casa de la carretera de Soria para llevarlo por esos nuestros pueblos de Dios a confirmar a los chicos y chicas con los que se volcaba, sobre todo en la prédica que nunca faltaba, airosa, muy sobrenatural y muy humana, y muy divertida.
Mis padres también gozaron de su amistad en las muchas visitas que les hizo en mi casa. Mi padre, quinto de Don Odorico, departía con él sobre todo lo humano y lo divino, mientras daban buena cuenta de aquella cocina sencilla pero estupenda que preparaba mi madre. ¡Cuánto bien hizo a los míos la conversación y, sobre todo, el ejemplo de este buen religioso!
Recuerdo que en el 70º aniversario de su ordenación sacerdotal se mostró – fueron sus palabras – “alegre y contento”. Hoy, en la residencia de la Santa Cruz, donde las hermanas hospitalarias y todo el personal de la casa velan por la salud y la paz de Don Odorico, quiero yo, y todos los que le queremos y recordamos, sentirnos “muy alegres y muy contentos”, por tener un amigo, un padre, un hermano, que ha entregado a Dios toda su vida y que en recompensa gozará de Dios, feliz, en un cielo que se tendrá más que merecido.

¡Felicidades, Don Odorico, y gracias por ser como eres!

                                                                         

                                                                        Justo García Turza

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