13 de junio de 2011

Carta del Delegado desde Burundi


Desde hace cuatro días estoy viviendo en Burundi una bonita y enriquecedora experiencia. Lo más doloroso es no encontrar a tantos y tantos colaboradores con quienes compartí, hace ya una treintena de años, mis primeros años de ministerio sacerdotal. Burundi y la misión de Rwisabi, que se prepara a celebrar sus primeros 50 años de vida, fueron para mí años de duro y sólido aprendizaje que rememoro estos días. La pena, vuelvo a repetir, es la ausencia de quienes murieron violentamente en la década de los años noventa del siglo pasado. Llegué con Carlos a Bujumbura la noche del miércoles 8 de junio; desde entonces todo han sido atenciones: en el aeropuerto nos esperaban el párroco de Rwisabi, padre Rogelio; un veterano misionero de la Sociedad de los Misioneros de África, y una religiosa burundesa nacida muy cerca de la iglesia de Rwisabi.


En casa de sor Elisabeth sus hermanas de comunidad nos acogieron con una fraternal danza de bienvenida que nos hizo sentir la cercanía de las gentes sencillas de este hermoso país. Las visitas que vamos haciendo siguen mostrando este calor humano.


En Rwisabi las visitas están siendo interminables. ¿Cuántas veces he pronunciado en estos días la palabra que resume todo lo que hay que hacer para vivir en paz? La palabra Amahoro es mágica. Es el deseo de todo el mundo para que no vuelvan a repetirse los acontecimientos que tanto dolor han provocado en este pueblo.


¿Y las celebraciones de estos días en la iglesia? Hemos tenido oportunidad de asistir al Bautismo de más de 200 niños en una nueva parroquia; la celebración duró tres horas y cuarto. ¿Prisas? Para qué: lo importante del día era esa celebración, lo demás podía esperar un poco. Y hoy, la gran fiesta de Pentecostés. Ha sido algo grande. Calculo que habrán asistido alrededor de 3.000 personas a las dos misas en Rwisabi. Cada una de ellas ha durado dos horas. ¿Largas? ¿Quién pone límite a la alegría, a la danza, al canto, a la alabanza, a la grandeza de Dios? ¿Se puede asistir a una celebración como ésta sin danzar, sin cantar, sin sonreír y sin llorar de emoción? Y al lado de esto la pobreza, la inmensa pobreza de los barundi. Surgen muchas preguntas a las que difícilmente les podemos dar una respuesta que esté a nuestro alcance.


De una cosa sí que puedo dar fe: la Iglesia de Jesús nacida en Pentecostés sigue acompañando a este pueblo, y lo quiere hacer llevando la Buena Noticia a las colinas en grupos de lectura y reflexión de la Palabra de Dios que les vaya dando respuestas a los muchos interrogantes que surgen en estas vidas acostumbradas al dolor. Imana es el único que puede dar razón de su esperanza.


Jesús María Peña Peñacoba



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